Yolanda Pérez

Yolanda Pérez, escritora y consultora de profesión en Madrid, España. Ha publicado dos novelas y un libro de relatos con fines solidarios. Su pasión es leer y ser leída.
La poesía es una forma de transmitir todo aquello que no puede expresar de otra forma. Apasionada por los libros, escribe desde niña, para ella y para su círculo cercano. Desde hace varios años, escribe también para otros. En el año 2023 publicó su primera novela “La chica de los domingos” con la Editorial Con M de Mujer y su primer libro de relatos “Vidas aleatorias” con la Editorial LC Ediciones.
Una abuela ejemplar de Editorial Cuadranta es su segunda novela, publicada en 2024. Pertenece a la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras (AMEIS). Es asidua de jams de poesía y ha publicado varios poemas en el canal literatura y en la revista Carta Local.
VERSOS DESDE LA NOSTALGIA
Decía Elvira Navarro que ella escribía para que las historias que leía no acabaran…
Yo escribo para cambiar finales y para mantener vivos a quienes ya no están.
Dedicado siempre a ellos…
• Las sopas de ajo
La mejor receta para
preparar unas buenas sopas de ajo
me la enseñó mi abuela.
Se necesita un par de cabezas de ajo,
pan duro, aceite y un cazo.
Con ingredientes tan básicos
y un proceso sencillo,
es de extrañar
que el plato resultante
sea un auténtico manjar.
Pero el secreto no
reside ni en el proceso
ni en los ingredientes elementales,
Sino en lo principal:
los ingredientes esenciales.
Un poco de mimo,
un poco de paciencia,
un poco de ilusión
y un poco de cariño.
Si sigues al pie de la letra
el consejo de mi abuela,
lo más seguro
es que des con la receta maestra.
• La carta
Cayó como una pluma,
suavemente, sin hacer ruido
cargada de culpa,
cargada de dolor,
cargada de pena.
Las palabras se aturullaban,
se amontonaban, se peleaban
por ocupar un mísero espacio,
por ocupar un minúsculo lugar.
Un grito a la desesperación,
Un grito “al ya no hay remedio”,
a lo que pudimos hacer y no hicimos
a lo que pudimos decir y nunca dijimos.
Porque a las palabras se las lleva el viento
y a las mías se las llevó esa carta contigo,
para siempre, en tu tumba.
Solo espero que puedas leerla allá donde estés,
solo espero que las palabras se ordenen,
se signifiquen y adquieran sentido
para decirte lo que nunca te dije,
para hacer lo que nunca hice,
para liberar el dolor, la culpa y la pena
y poder decirte
todo lo que te quise.
• La bicicleta
Mi abuelo siempre decía
que era mejor reparar que reemplazar.
No le hicimos mucho caso.
Cuando la bicicleta se rompió
mi padre insistió
en comprar una nueva
haciendo caso omiso
que era solo un pinchazo,
e insistiendo que necesitaba mejor rueda.
Mas no fue una buena decisión.
Un fallo mecánico produjo un reventón
no habiendo informático
que pudiese encontrar la solución.
Al fin todos comprendimos
que el abuelo tenía razón.
El camino más corto en la vida
siempre sería sustituir o reemplazar,
pero el más efectivo
con el paso de los años
siempre, siempre, siempre
será el de reparar los daños.
• La baraja de cartas
Como si la vida la fuese en ello,
observaba con empeño,
observaba con toda su atención,
esperando a que una figura
hiciese su aparición.
No había brisca, tute o solitario
que se resistiese a pasar toda la tarde,
sin quejarse ante el cristo y el rosario.
Parecía mentira que un juego de azar
pudiera obrar tal milagro,
cómo era mantener la mente alejada
de los demonios que acechaban
a una anciana desvalida
que reclamaba una y otra vez
jugar otra partida.
• Los mimbres
Mi abuelo me enseñó
que, para todo en la vida,
es preciso tener
unos buenos mimbres.
Una buena masa
para hacer pan,
unos buenos ladrillos
para construir una casa,
una buena madera
para prender fuego
una buena tela
para diseñar un vestido.
Pero, sobre todo,
sobre todo,
disponer de paciencia
aún en momentos difíciles,
empatizar con los demás,
aunque a veces nos olvidemos,
ser generoso,
aun cuando no se tiene todo,
no hacer ausente a nadie,
aunque ya no esté,
no perder nunca la libertad,
aunque no sea completa,
no juzgar antes de tiempo,
aunque parezca obvio.
Al final aprendí
como decía mi abuelo,
que para todo en la vida,
es preciso tener
unos buenos mimbres.
• La ausencia
El valor perdido
siempre, siempre, duele.
Eso es una realidad absoluta.
porque si no duele, no importa,
porque si es indiferente, no importa,
porque si no llega al corazón, no importa.
Pero os voy a contar un secreto,
no se puede evitar, pero se puede superar.
Y no es solo cuestión de tiempo,
no es solo aceptar y acatar,
se trata de darle una vuelta de tuerca,
se trata de no olvidar,
se trata de recordar,
se trata de hacer presente al ausente,
cada día, en cada instante, en cada momento
Solo dándole ese sentido,
encontrarás el valor perdido.
• El porrón
Has vivido más de ochenta años
apoyado en el mismo lugar,
esperando cada día a que alguien
se acercase para poder celebrar.
Porque no cualquiera puede atreverse,
se requiere habilidad,
hay que ser osado
para cometer la temeridad
de pretender beber de él
sin antes haber practicado.
Él lo hacía con mucho arte y osadía
retando cada movimiento
practicando un poquito cada día.
No dejó heredero que pudiese sucederle
en ese acto heroico y desafiante
de beber en un porrón
sin casi despeinarse.
Y ahora se mantiene estoico
apoyado en el mismo lugar
esperando desesperado
a que un alma caritativa vuelva a
atreverse por fin a alzarlo.
Quién sabe si eso ocurrirá,
al menos aún hay esperanza
cuando el otro día su nieto
lo encontró y lo guardó en una caja.
Ojalá sea su sucesor,
ojalá desembale la caja
porque no hay reliquia
que más valga
que el porrón del abuelo
tras un día de caza.
• La hogaza de pan
Mi abuela desafiaba siempre
a la sabiduría popular.
Así, decía el refrán que
quien parte y reparte,
se lleva la mejor parte.
Nada más incierto.
Con sumo cuidado,
ella cogía la hogaza,
contando cuidadosa
cada cuadrado.
Si acaso no coincidiera
con el número de comensales,
se reservaba el deber
de hacer algún apaño
porque una abuela
no podía permitir
que algún comensal
se quedara con hambre.
• La pieza de dominó
Otra vez, otra partida
reclamaba el anciano
sin moverse de su silla.
Parecía mentira
que un conjunto de veintiocho piezas,
divididas en dos cuadrados,
vestidos de lunares
nos llevase la mismísima vida.
Prepara tus fichas y presta atención
ordenaba el anciano con mucha emoción.
La observación y la estrategia
es fundamental para poder ganar
en este juego de azar.
El joven asentía, sonreía
observaba al anciano ensimismado,
pensando los años de vida que le quedarían
para seguir echando otra partida.
Pero no había tregua.
Otra vez, otra partida,
reclamaba el anciano
sin moverse de su silla.
• La estufa
Pasaba largas temporadas en el salón,
totalmente arrinconada.
Durante largos meses,
en primavera y verano,
nadie la recordaba.
Ya en noviembre,
comenzaba el frío.
Y entonces era cuando ella
Cobraba sentido.
Sus llamas incandescentes
comenzaban a prender
con tanta intensidad
que sus alas de fuego
duraban hasta el amanecer.
No sabemos si fueron los años
o la tecnología,
pero desde que mis abuelos se fueron
la casa permanece fría.
