Reseña de
Plataforma
de Michel Houellebecq

Por Pablo Andrés Rial
Estaba haciendo un repaso mental de los libros que tengo en la biblioteca mientras escuchaba apenas, de oído, las noticias de lo que sucedía en el Gran Buenos Aires, y continuaba con los quehaceres domésticos hasta que, en un descuido, por un tropiezo, casi pierdo el equilibrio y me voy al suelo —el perder casi el equilibrio es, justamente, no perderlo, pensé—, e inmediatamente esa situación me trajo a la memoria aquella novela que leí hace unos meses, con gran voracidad: Plataforma, de Michel Houellebecq, la cual consideré relevante porque requiere de lo que llamo una “lectura sublingual”; esto es, un seguimiento aparcado —solo por momentos—, pero desprevenido de cualquier rigidez, para permitirse así diluir cada parte de la narrativa, llevando al máximo el efecto.

Es por ello que sugiero esta majestuosa novela a los lectores que sienten un caminar asiduo por los bordes del abismo: un abismo totalmente seguro, íntegro y fatalista, que abarca en su totalidad la tierra firme de los días, porque esa sensación es la que logra Houellebecq en su obra, tras ahondar en una premonición de lo que dejará de suceder cuando pasa. Encontrarán así, en este libro, la distancia finita de una colisión constante entre los placeres, los negocios, el amor, los mandatos sociales, las diversidades culturales y la soledad, demostrando que los hábitos claudican por el mero factor circunstancial del destino: un destino intransigente, hacedor únicamente de grandes contadores de paisajes sin estadía permanente, convertidos finalmente en turistas cuya búsqueda queda reducida a evitar ese tambalear, el mismo que tuve yo mientras hacía las tareas hogareñas, a metros de Plataforma.
