Rebeca Romero

BIOGRAFÍA
Mi nombre es Rebeca Romero. Soy una joven de dieciocho años originaria de Managua, Nicaragua. Mi poesía viene desde la curiosidad por entender el mundo que me rodea y las maneras en las que los sentimientos se yuxtaponen en situaciones cercanas al corazón. Por medio de mis escritos, quiero entender muchas cosas, cuestionar algunas otras y ver el mundo con ojos de turista y alma de local.
Quizás ahí
Cuando los aviones de papel, impulsados por el viento, se pierdan en nubes de contaminación al ir al cielo, quizás ahí nos preguntaremos:
¿en dónde jugarán nuestros pequeños?
Cuando el océano ya no refleje nuestros rostros, y, en cambio, nos manche las manos de aceite, quizás ahí nos preguntaremos:
¿qué estuve haciendo todo este tiempo?
Cuando los árboles ya no den sombra y los colores de sus hojas estén en libros de historia, quizás ahí nos preguntaremos:
¿cómo respiraremos?
Cuando los ríos transparentes sean un mito ancestral que solo nuestros abuelos pudieron contemplar, quizás ahí nos preguntaremos:
¿qué beberemos?
Quizás hasta ahí, nos preguntaremos:
¿por qué no actuamos a tiempo?
De la sequía
Me pides que hable de las dulces primaveras, cuando en mi país solo el verano toca mis suelas.
Me pides que te cuente una historia bonita, pero mis palabras nunca aprendieron a existir más allá de ideas que no pueden salir.
Me pides que aprenda a escribir fantasías, cuando mi mente solo sabe de la realidad, y de las barreras que no puede saltar.
Me pides que mire al mundo con apatía, como si eso alguna vez nos hubiera sacado de la ruina.
Me pides que te cante una canción sencilla, cuando mi mente divaga en dilemas sin salida.
Me pides que finja ser algo que no soy, que me olvide de donde vengo e invente una historia nueva sin dolor para un nuevo mundo que no escucha mi voz— la voz de una joven que no se avergüenza de lo que es, y que a su país siempre va a querer volver.
Vengo de la sequía, del viento fuerte que afronta a los malinches, del agua que queda en los ríos y lagos, de la tierra que siente y calla demasiado.
Sé cuidar a mis árboles de la sequía, pero no sé cómo recoger flores recién nacidas. Puedo aprender a sembrar mi huerto, pero no quiero olvidar de donde vengo.
Mi herencia
Las mujeres de mi sangre; poco sé de las manzanas que conforman mi árbol, poco sé de la herencia permanente que corre en mis venas.
Las mujeres de mi sangre cargan la zozobra en la mirada, el arrepentimiento en los hombros y el deseo del ensueño mancebo.
De hombro en hombro cargan la maleta cada vez más pesada, como la contaminación persistente en un ecosistema, como el calor acumulado en la arena.
Una mano me entrega mi herencia,
con mucha confusión miro a la maleta y absteniendo mi desdén la dejo en la mesa.
“¡Nefelibata!” me gritan a lo lejos, fingiendo dureza, llorando felicidad por dentro y soltando un peso ancestral sereno.
Interminable lazo
A vos ya te conocía de otra vida, una en la que quizás fuimos hermanas de la misma sangre y peinados alborotados, platicando de todo hasta con los ojos cerrados.
Tal vez fuimos uvas del mismo viñedo, que culminaron en un vino navideño, o en pasas que endulzaron mil festejos.
Tal vez fuimos semillas, vos un pistacho y yo un grano de café, que se encontraron en la cocina de un grupo diverso de amigas.
Tal vez fuimos dos pájaros que viajaron a través de largos lagos para siempre poder estar juntos platicando.
Tal vez es nuestra milésima vida coincidiendo y ya los astros están cansados de tener que reciclarnos, transformando todo menos nuestro interminable lazo.
A vos yo sé que te conocí hace mucho, y sé que lo volveré a hacer otras mil veces más en esta y las otras vidas que nos vayan a dar.
Luna
Presente en cada taza de café que compartí con ellos, en esos domingos que valoré como eternos; intrusa de las pláticas en la acera, con el rocío de la medianoche bañando las penas y las luciérnagas del jardín sirviendo su mesa.
Eres silenciosa ante las cosas que pasan cuando la luz del sol se oculta y las nubes se casan, cuando el alma está tan cansada que revela secretos sin desdén ni preocupación porque se los lleva el viento.
Estoy segura de que si fueras mi amiga me contarías las cosas que no pude ver en aquellos días, cuando aún tenía un jardín completo sin preocupaciones de que llegara el invierno.
Luna querida, tal vez me regresarías a esa semita, a ese baile, a ese abrazo, a ese adiós.
Si pudieras hablar me llevarías a la nostalgia y con un fuerte abrazo me harías recordar que todavía en la distancia se puede amar.
