Raquel Trillo Rodríguez

BIOGRAFÍA
Raquel Trillo Rodríguez, más conocida como Raquel Rodríguez, es una escritora gallega. Nacida en 1995 en la ciudad de A Coruña; desde su adolescencia se sintió atraída por las letras y la literatura, fue ahí en su época de instituto en donde comenzó a escribir sus propios manuscritos. «Despacio como una tortuga pero de pasos firmes» así se define entre otras cosas, a la hora de emprender algo nuevo tanto a nivel personal como profesional.
A sus 27 años, loga uno de sus mayores éxitos importantes para ella:» Llegar al corazón del lector» tras el lanzamiento de su primer libro de relatos cortos, bajo el nombre «Vertedero De Amor», el cual ya son muchos los ejemplares vendidos dentro como fuera de España. Ésta recopilación de relatos cortos, recoge una etapa muy importante y de cambios en la vida de la autora, dándole una visión íntima y personal. Tímida, de ideas fijas y luchadora por aquello que cree firmemente, fue abriendo su propio camino, no solo a nivel Literario, sino que también en el mundo audiovisual y la fotografía.
Actualmente se describe como escritora, directora tras la cámara para sus propios proyectos audiovisuales y Fotógrafa. Como directora, no solo ha dirigido su propio BooK Trailer Profesional, sino que también, el guión va de su propia mano. En éste Book Trailer, cuenta con la puesta en escena del actor Juan Fuentefria, lo cual es un breve vídeo en donde avanza los detalles más destacables de la novela «Suicida» la cual será su próximo proyecto literario, en formato novela.
La Revelación del Amor
Lo que más me cuesta admitir,
es que el amor nunca llegó a mí como un susurro suave,
sino como una advertencia, un grito en la oscuridad,
que me hizo despertar y ver la realidad.
No empezó en la infancia, no,
sino después, cuando ya sabía mentir,
sin temblar y sostener miradas,
ocultando lo que ardía debajo, sin decir.
La primera vez que lo vi,
supe que no era casualidad,
la luz recorriendo su cuello,
y sentí ese vértigo que no es deseo aún,
sino reconocimiento, un saber que no se puede explicar.
Como si nos hubiéramos estado esperando,
sin prisa, sin palabras, solo el silencio y la espera,
un momento de verdad, un instante de conexión,
que nos unió para siempre, sin condición.
No le conté la verdad, no al principio,
lo nuestro fue un incendio lento,
palabras medidas, roces calculados,
secretos densos flotando entre los dos, como un juego.
Yo llevaba los míos como un arma escondida,
él sabía que había algo más,
pero no preguntaba, y eso lo hacía
aún más peligroso, un misterio por descubrir.
La noche en que todo cambió,
la lluvia encerraba el mundo
en esa habitación,
su risa se volvió susurro,
su mano encontró mi cintura,
mi piel ardía bajo sus dedos, como un fuego.
Nos acercamos sin prisa,
hasta que su respiración chocó con la mía,
cuando sus labios rozaron los míos
no sentí dulzura, sino revelación,
un momento de verdad, un instante de conexión.
Había pasión, sí,
y peligro,
porque besarla era aceptar
que mis secretos ya no eran solo míos,
sino que eran nuestros, unidos para siempre.
Sus manos sobre mi espalda
parecían exigir una respuesta muda:
¿quién eres realmente?
una pregunta que me hizo reflexionar.
Sabía que tendría que decidir,
mi pasado —errores, traiciones, ambición desmedida—
empezaba a agrietarse frente a ella,
un momento de verdad, un instante de conexión.
Una madrugada, con su cuerpo dormido sobre el mío,
entendí algo brutal:
el amor no salva, expone,
nos hace vulnerables, nos hace sentir.
Podía seguir siendo hermética y exitosa por fuera,
vacía por dentro,
o confesar y arriesgarlo todo,
un momento de verdad, un instante de conexión.
Elegí hablar,
torpe, sin dramatismo,
le conté mis fallos y esperé que se fuera,
no lo hizo,
me miró largo rato y dijo:
—El progreso no es borrar lo que hiciste,
es no volver a hacerlo.
No me absolvió,
me hizo responsable,
desde entonces amar dejó de ser impulso
y se volvió elección,
un momento de verdad, un instante de conexión.
La pasión sigue siendo intensa,
casi salvaje cuando nuestras miradas se cruzan
y la piel recuerda lo que sabe,
pero ahora nace de la verdad,
un momento de conexión, un instante de amor.
Aún siento el suspense,
el miedo a fallar,
pero ya no me paraliza,
me obliga a crecer,
un momento de verdad, un instante de conexión.
Quizá ese sea el secreto:
el amor no nos completa,
nos obliga a quitarnos la máscara,
y a ser nosotros mismos, sin miedo a nada.
