Parix Cruzado

(Trujillo, Perú, 1979)
Es autor de los libros de poesía: Veintiocho (2013), Mar ulterior (2016), Mútilos (2012), Verás que esta canción es agonía (2022) y Poemas (2024). En narrativa ha publicado Cinema Vérité (2019). Su trabajo literario le ha merecido ser incluido en la Antología general de La Libertad (1918-2018) y en Cuento Liberteño, panorama actual (2019).
MÚTILOS
Parix Cruzado
Para María,
porque nada permanece adentrándose en el mar,
sin volverse Mar
Veo cascabeles cabalgando caballos muertos
y nunca un silencio igual
W. S. Merwin
Mi cobardía,
el sistema trepidante
entre el dolor y la paresia.
El mundo padece
bajo el disco solar.
Altas frondas y sombra.
Planicie de áridos pasos.
Espejismo mortal, oasis.
Aire en los dominios del tacto.
Logro asir con el alma tu presencia.
Me derribo anhelando
en mi opaca habitación
a una mujer roja.
Enciendo un cigarrillo
que jamás la ocupa
con su estela de marchitos olores.
Es el silencio una silueta que ha pasado
Wallace Stevens
Con alegría observaste
cada verde oliva
que me llevé a la boca.
Con valentía
o con la falta de confianza
que se tiene con un extraño.
He decidido resecar el labio,
retroceder hasta cercar el olmo
y tomar alguna flor blanca rojiza.
Callaré con un silencio duro,
de eras, aunque el arpón
se haga mortal
y tire de la cuerda
hasta que la bestia sucumba.
Qué te digo
Ilion de la tormenta
Vasko Popa
El viento guía
a la menuda espiga.
Alégrate, quebrado mirlo.
En el grano escondido
por la reseca gluma,
regocíjate.
Ella es la nidada.
Retorno sosegado
del que muere.
Dónde vino a parar el espíritu.
¿Sobrevive en cada rencilla del ánimo?
El paredón blanco
de mi muerta roja. Su risa blanca.
(La habitación vacía,
dominada por ecos sin idioma).
Tengo dos pares de almohadas
y una sola cabeza. Qué pasa.
No intento renovar el cadáver,
denuncio que ya no es
la muerte misma.
Fruto de oscuridad, veo una mujer. Desnuda,
sucia y desnuda, roja, distinta a la esperanza
Antonio Gamoneda
Háblame del primer pez
que tocó la orilla
de su insistencia milenaria.
Dime cómo
bajaste del árbol
para herir a la serpiente.
Adónde fueron los rostros
de la anonimia.
Desde cuándo te percibes.
El actuar de un azadón,
contra raíces finas,
suele llevarme a la paciencia.
Tú y tu arquicorteza reptil, tú
y todo el amor del mundo.
Una mujer nos fuerza a bajar la mirada…
Wallace Stevens
Mi austeridad fue sorprendida
en su atenuante costumbre de medirlo todo y evitar el traspié.
Llevé la mano derecha a mi frente
e hice visera para mis ojos.
Mi nuca articuló la inclinación
de la sorpresa.
Así como en Hartford, en Lima,
luego de una primavera gélida,
el verano llega con los locos extintos.
Nada encarcela de manera tan devastadora
como esta ansiedad matutina,
vomitiva, frecuente.
Es un aliciente poder dar pasos
llevado por un libro abierto e ir a la sonoridad de los poemas que contiene.
Abrir la boca, colmar el vacío,
dilatar la espera.
Evitar el atragantamiento
y no quedar al filo
de un deceso siniestro.
Me pulo como un mármol de pasión
Giuseppe Ungaretti
Al amanecer resentía la belleza
de estar recostado
en las faldas de una duna.
Ambos dentro de la imagen
oval: roca y psique,
antes de diferenciarse.
Ella se viste para dormir:
lo mío será siempre
aborrecer el lino que la cubre.
Tropiezo una y otra vez contra tu piel roja,
extensa en cada pequeño fenómeno
del drama subjetivo y la naturaleza.
