Marta Iranzo Paricio

A Marta siempre le ha gustado escribir. Dice que escribir ordena, libera, apacigua. Que escribiendo ha puesto en orden su vida y se ha conocido un poquito mejor. Que escribiendo ha podido encontrarse.
Si bien le gustaba el Periodismo, la Historia del Arte y todo lo que tuviera que ver con la Literatura, estudió Derecho por aquello de escoger algo “con más futuro”. Añade que desconoce por qué derroteros le habrían llevado esas disciplinas, pero que el Derecho tiene las suficientes letras como para que se encontrara en casa. Puede decirse que disfrutó estudiándolo y siempre ha sido feliz trabajando en ese campo porque con su trabajo ha tenido la posibilidad de escribir redactando informes jurídicos, y de interpretar las normas y buscar las argumentaciones jurídicas procedentes para motivar las resoluciones, lo que no anda demasiado lejos del trabajo que acompaña a una obra literaria. Es así como siempre ha estado escribiendo de una manera u otra.
La mayoría de sus escritos de juventud se corresponden con sus 18 y 19 años. Son textos breves, más cercanos a la prosa que al verso, aunque también encuentra entre los papeles que conserva un texto más extenso del que recuerda haber pensado en su día que bien podría consistir en el capítulo de una novela. Después se pierde el rastro. Se licencia. Oposita. Forma una familia. Y llega un día en el que necesita volver a escribir. Marta cuenta que no tenía la intención de escribir una novela cuando comenzó a hacerlo. Lo que quería era escribir de nuevo aquello que se le ocurriera. Un texto. Una composición poética. Sensaciones. Emociones. Y lo que llegó fue un escritor inglés (que tiempo después supo que procedía de la magistral interpretación de Anthony Hopkins en los personajes de C.S Lewis y Stevens en Tierras de Penumbra y Lo que queda del día, respectivamente) y una mujer de la misma edad que la que ella tenía cuando escribía en esas páginas en blanco. Aquello duró tres o cuatro folios. Fue entonces cuando se enamoró de los personajes y quiso darles una vida, una historia. Así es como nació “No estaba entre mis planes amarte”, inspirada en las atmósferas intimistas de James Ivory y publicada en 2019 por Editorial Samarcanda.
Marta ha presentado la novela en diferentes localidades aragonesas y la ha acercado a lectoras y lectores a través de diferentes encuentros, entre ellos los organizados por la Diputación Provincial de Zaragoza en 2020. Ha participado varias veces en el Día del Libro de su ciudad, Zaragoza, y en las Ferias del Libro de diferentes localidades.
Continúa escribiendo narrativa y poesía.
Recientemente ha publicado su poema “Otra vez el verano” en la revista de cultura El eco de los libres y tiene tres manuscritos pendientes de publicación.
Las cinco estaciones
I.- Primavera
Qué tiene la primavera,
qué tendrá,
que cuando planté tu chito de lantana
tan chiquito era
que apenas tengo el recuerdo
entre tanta hierbabuena.
De tan marchita y ajada
que andaba la buganvilla
han brotado verdes ramas
saturaditas de hojas
y de hermosas flores rojas.
Y en mi estepario jardín
se alzaron,
sin darme cuenta,
encarnados remansos de amapolas,
y balancean sus plumas
los plumeros,
y sus espigas y hojas
las gramíneas y los juncos
apenas roza su tallo
el leve soplo del viento.
Se diría del olivo
que haya doblado su talla,
y la copa del laurel
apenas ya que la sigo.
Qué tiene la primavera,
qué tendrá,
que de mi alma dormida
amanecieron latiendo unos sentires
que al trenzarlos con palabras
y plasmarlos en un lienzo,
alumbraron estos versos
con los que caligrafío
el renacer de la vida
en primavera.
II.- Frío día de verano
Es verano, y hace frío.
Tras mi ventana esquinada
mece el viento
las verdes ramas del alto cedro.
Bajo mi piel me agito,
se me cuelan los recuerdos que no han sido,
por las rendijas del alma,
por los poros del olvido.
Es verano, pero hace frío;
es como el sudor salado
de tu dulce rostro,
como el placer del cansancio tras lo andado,
tal que un sueño desvelado,
igual que un amanecer umbrío.
Se antoja un precoz otoño
que va arrojando las secas hojas
de algún recuerdo
que no recuerdo,
arrastradas por el viento de lo nuevo.
Y yo me encierro,
en el calor de mi cuerpo,
en el cuerpo de mi ser,
en este cuerpo.
Y me acomodo de ti,
y me alejo del recuerdo ya olvidado,
…en este frío día de verano.
III.- Otoño
Hoy siento el otoño.
Y no quisiera, pero me lleva.
Me acompasa sutilmente
por las sendas del quebranto,
me aproxima al barranco del pesar.
Y yo no quiero,
pero me agito,
me conmuevo,
miro afuera
y veo viento;
entonces miro hacia dentro
y no me encuentro,
no me hallo,
no reconozco al alma
que había forjado en bruto
tiempo atrás.
Pero… ¡un momento!
¿Me zarandea el otoño
como el viento
que no ceja tras la pausa de la noche?
¿O llega el tiento?
Me turba,
mas no arrasa lo que conozco.
Que todo pasa.
Que nada permanece.
Y que poseo la llave de mi dicha.
IV.- Invierno hiela en mi ventana
Diciembre hiela en mi ventana,
endurece las marcas de mis gestos
y encoge mi alma.
Diciembre es vida y su contario,
diciembre alumbra al invierno
y hiere de muerte al año.
Invierno tiene nombre de dragón alado,
blanco,
y de poblado de otro tiempo.
Si yo atravesara un duelo,
lo llamaría invierno.
Invierno hiela en mi ventana,
ensombrece las marcas de mis gestos
y nubla mi calma.
V.- Otra vez el verano
Otra vez el verano.
Suena cansado,
pero es solo por la arena
de este maldito reloj,
que cae tan rápido.
Ya no respeta el minuto.
Se desliza
por el estrecho cuello
de su útero de vidrio
y nace al tiempo,
con demasiado peso
con demasiada prisa
saltándose lo que venían
siendo
los tiempos de antaño.
Pero aparte de eso
confieso
que solo en los meses de estío
atrapo
-si es que aquí tiene acepción el verbo-
alguna partícula del tiempo.
A veces sucede
A veces el tiempo se me queda en el cuerpo
-no hablo de sus marcas, sino de su espacio-
Es solo un instante
pero puedo aprehenderlo
Y eso solo me pasa,
-si acaso sucede-
con la sorna y la calima
el hastío,
el dejar que se suceda
de este tiempo referido.
Otra vez el verano.
Lo digo así
Y puede que suene cansado
Es solo porque el verano
no sigue a la primavera,
sino a la guerra
y porque a él
le seguirá,
no ya el otoño
sino el invierno frío de la batalla.
Pero aparte de eso
confieso
que el verano me gusta
no como me gustaba el verano de antaño,
no,
eso era otra cosa.
El verano de ahora me trae el mar
hasta la misma orilla de mi playa
Y me lleva la saliva a tu boca,
que sabe a sal
El verano me tumba en la hierba
me revuelve en la cama
y me da de soñar.
En verano la piel me respira
Los pies no caminan en cápsulas
sino en libertad
Y son más livianas
las prendas
al cuerpo
lo que aligera
mi peso, humano
y mortal.
Otra vez el verano.
Lo digo así
Puede que suene cansado
Igual es por temor
a que alguna vez
el verano de mi playa,
de la hierba,
de mi saliva
en tu boca
se convierta en el campo de batalla
de una guerra
ajena
o propia.
