Cartografía del adiós
José Luis Escalante

BIOGRAFÍA
José Luis Escalante (Málaga, 1994) siempre quiso escribir sobre las cosas del mundo. Estudió periodismo y durante varios años se dedicó al oficio en diferentes medios de comunicación nacionales de Barcelona y Madrid. Soñó con narrar guerras lejanas hasta que entendió que las trincheras también están en casa. Desde entonces ejerce como profesor de educación secundaria, donde ha encontrado otra forma de contar la vida.
Cartografía del adiós

A través de esta obra, el autor traza un mapa de las ausencias que nos fundan: la tierra que se vacía, los cuerpos que envejecen y los amores que se rompen. Desde la memoria rural hasta la intemperie de la ciudad, estos poemas recorren las huellas que deja el paso del tiempo sobre los espacios y las personas.
Entre la herencia y el desarraigo, entre la ruptura y la memoria, Cartografía del adiós explora aquellos lugares –íntimos y colectivos– donde aprendemos a despedirnos y a reconocer las heridas que nos trans- forman. Un viaje por lo que se pierde y por aquello que, pese a todo, permanece.
Plegaria
Vive el viejo en el país donde las campanas suenan a muerte
y el llanto de las ramas rompe la noche.
Desde el rincón más hondo cavila y tiembla,
invoca el nombre de su madre
y responden voces que solo hablan lenguas extranjeras.
¡Abrázame, madre, protégeme entre tus brazos,
que ya noto que pronto voy a morir!
Entre olores y manos extrañas
cierra los ojos y se mira para sí:
con los niños llenos de churretes corre por las calles,
adornadas con guirnaldas de soles de primavera,
vestidos de limpio, los hombres del campo
hacen cola en los puestecillos de coco y turrón.
Como bebió el morisco la sangre de Cristo para morir
en la tierra donde nació,
olvida el viejo ahora el idioma que aprendió para comer.
Exhala la vida por la boca y tiembla.
Solo desfilan palabras que arman un ruego baldío
en la lengua de los hombres del campo:
«Dame la mano,
que no quiero morir solo».
Exilio
De sol y sal una corona en la cabeza,
rendidos los pies, famélicos, al hambre voraz
de los zapatos descosidos, que con cada paso
se atragantan de cristales de arena.
De alacena sirve un hoyo escarbado
frente a la orilla por la que hay que partir:
mi nombre, mi cartera, mi casa,
hasta mi sangre y mi lengua.
Todo cabe en ese boquete frágil,
menos la piel,
que no sé si arrancármela a tiras
para dejar de ser
o coser con ella la bandera de la memoria.
En la despedida, los labios pintados de arena,
ausentes plañideras,
la frente chorreando fatigas.
Y entre lamentos desparramados,
una voz que corta el aire
rogando clemencia:
si son, que sean
Costilla
Serás siempre
la mejor hora que haya vivido,
el día más negro que atravesé.
Llevas en la boca el anhelo y la herida.
Hogar, misterio y condena.
Te fuiste volviendo arena
una ciudad hecha de luna y vértigo.
Te fuiste volviendo sal
aquella risa de jazmines.
En tu recuerdo se juntan
la cumbre y el abismo.
Agujero sin fondo que todo lo engulle.
Costilla que nunca me será devuelta.
