José G. Paredes

BIOGRAFÍA
José G. Paredes (Mérida, México, 1993) es escritor y docente. Su obra explora la condición humana desde una perspectiva simbólica y existencial, abordando temas como la identidad, el cuerpo, la fe, la violencia y el deseo. Aunque su narrativa parte del realismo, integra elementos fantásticos como recursos para examinar la psique de sus personajes. Cultura de Playa forma parte del proyecto Para todas las audiencias, una antología de relatos articulados en torno al fuego como eje simbólico de creación, destrucción y transformación,
Cultura de Playa
José G. Paredes
Enciende, por favor.
Le di un trago al Dr. Pepper, el único médico que me agrada; al menos no es de los que sugieren esquizofrenia en la primera consulta.
Giro la llave, pero el Renault Fuego se atraganta.
Doy otro trago y las ideas abandonan la órbita del raciocinio. En el bolsillo de mi camisa siento la textura punzante de un recuerdo. No puedo olvidar, pero tampoco puedo hacer nuevas memorias. ¿Qué hay antes de la amnesia?
Intento de nuevo y el chasis tiembla.
Una sonrisa me cruza la cara llena de acné. Piso a fondo hacia las luces exteriores. El asfalto está mojado por la lluvia de la tarde, los destellos del alumbrado reverberan. Siento que avanzo en reversa. El reloj digital marca las tres. En la radio solo hay estática, excepto en la estación espía que solíamos sintonizar, luego interrumpían boletines del Congreso que nos ponían los pelos de punta.
Me has estado ignorando –dijo Marcel. Llevaba veinte minutos impaciente.
Intentaba, pero eres demasiado egocéntrico. Otra vez, sé que ya lo dijiste, pero ¿por qué te llamas Marcel?
Por la Recherche.
La Recherche –repito con tono nasal exagerado–. ¿Nunca te han discriminado por tu apariencia? ¿Cómo haces para atarte los zapatos?
No uso zapatos.
Eso tiene sentido… demasiado sentido.
Salimos del vecindario hacia la autopista. El silencio se siente como el beso de un maniquí. Pasamos frente a un videoclub y no puedo evitar la mueca: ayer busqué en tres la copia de Pale Fire de 1971. Dijeron que no existía. Imposible. Recuerdo haberla visto por cable.
Marcel enciende un cigarrillo. Le pido que abra la ventanilla para no lagrimar. La aguja está cerca de la E. Tomamos salida hacia una estación de servicio.
Delante nuestro un adolescente llenó un bidón con gasolina, la colocó en la canasta de su bicicleta y pedaleó hasta desaparecer. Pienso que tal vez sirva para incendiar la casa de algún desafortunado. Le indico al despachador el monto a cargar. Salgo del auto. Me subo las solapas de la campera; afuera hace frío. El cielo parece fragmentado, a punto de caerse vuelto nieve o asbesto.
Vámonos –dijo Marcel, sin despegar la vista del diario–. ¿Sabes qué hacía yo el día que murió River Phoenix?
Nunca me lo has dicho. ¿Perdiste la cabeza por una dama?
Peor. Estaba en Madrid, la movida había terminado y los remanentes fascistas nos estaban cazando. Mi ex, Amanda, había intentado matarme a cambio de una dosis. Quería refugiarme en Gibraltar, pero perdí los papeles. Al día siguiente murió Phoenix. Sigo sin superarlo.
No le respondo. El Renault tose, pero reemprende la marcha. Intento sintonizar algo en la radio. No hay nada. Algo capta mi atención. Bajo el limpiaparabrisas se agita un volante que antes no estaba. Me detengo para tomarlo. Es una nota hecha con crayolas: El faro a las 4 de la madrugada, ayúdame a regresar a casa. Al lado, una peculiar cara sonriente.
¿Quién ha puesto esto? –pregunto tras leerlo.
Marcel se encoge de hombros. Deja el periódico y se limpia las antenas. Quizá lee en mi rostro el vértigo de la misma forma que lee a Zola.
No estarás pensando… –advierte con tono de regaño.
Solo se vive una vez –respondo sacándole la lengua y acelerando a fondo.
¿Cómo sabes que es el faro de esta ciudad al que refería? ¿Qué tal si son criminales, el gobierno, otra amenaza?
Lo averiguamos o seguimos aburridos.
Suspira, pero asiente y baja la ventanilla para asomarse. La penumbra y el silencio nos engullen. Pongo un casete para ocultarlo. Marcel parece disociado por la brisa y la nicotina. La noche me trae recuerdos acampando. Si cierro los ojos puedo ver la fogata. El aire es gélido, pero en mis memorias asoman las brasas, caramelos y voces de gente que ya no está. Si cierro los ojos todo sigue allí, intacto…
Oye…
Y eterno.
¡Oye! –gritó Marcel.
Abro los ojos. Al frente hay una silueta con dos puntos relucientes. Marcel me arrebata el volante para evitar a la criatura, que saltó hacia el monte. Frenamos en seco, levantando polvo de los bordes. Escucho un trote alejarse entre los arbustos. Mis anteojos se han empañado.
¿Qué demonios te ocurre? –pregunta Marcel. Limpio los anteojos con mis manos desnudas, manchándolos aún más–. De nuevo: ¿qué demonios te pasa?
Nada, recordé algo. Estoy bien.
¿Quieres que conduzca un rato?
¿Cómo podrías manejar si no tienes manos? Además, rayarías el volante con las pinzas.
Intento acelerar para dejar detrás la incomodidad. Siento latir el cuadro en mi pecho. Las memorias de la playa llegan insidiosas: castillos de arena, salvavidas perdidos en el oleaje, mejillas sonrojadas. ¿Por qué la vida no es como una película? Quisiera un corte de escena, repasar mis líneas, quitarme el vestuario al sonar la claqueta.
De pronto, el auto emite un chillido, carraspea y se detiene. Estamos en la nada. A lo lejos se observa un punto luminoso entre las nubes: es el faro solitario. No puedo escucharlo, pero sé que el mar no está lejos. Intento reencenderlo. No funciona.
¿Y ahora qué? –pregunta Marcel bajándose para admirar las estrellas.
Tal vez debamos obligarlo a moverse.
Marcel apoya sus cuatro patas y encoge las pinzas para empujar. Contamos hasta tres para descargar nuestras minúsculas fuerzas. No funciona. En el último intento, mis lentes caen al suelo. Los recojo y veo en ellos a Marcel limpiarse los apéndices bucales.
¿Por qué no nos vamos volando? Podrías cargarme –sugiero.
Estás demasiado gordo.
¿Gordo? ¡Bajé cinco kilos este mes!
La inanición voluntaria no es saludable. Caminar te hará bien.
Me fastidia la idea. Últimamente me disgusta todo, en especial los días que son una incertidumbre tras otra.
¿Sigues pensando en ella? –pregunta él.
Mañana se cumplen siete meses. Sigo pensando en lo que pasó.
Es normal.
¿Lo que ocurrió te parece “normal”?
Me refería a extrañar el pasado.
No extraño el pasado, Marcel. Extraño el futuro que soñaba. Eso es más difícil de evadir.
Ya pasará. Es mejor dejar atrás lo que lastima.
No puedo tomar en serio a alguien que llora por River Phoenix.
Bueno, al menos yo no lloro por algo que fue mi culpa.
Me detengo en seco.
Mi puño se tensa y antes de poder pensar, se estrella contra Marcel. Siento en mis nudillos la rigidez de su coraza. De inmediato, sus pinzas me cortan la mejilla y la sangre me escurre hasta la comisura labial. Se me caen de nuevo los anteojos. No puedo mirarme, pero sé que mi expresión es de odio absoluto.
Me arrodillo para encontrarlos. Marcel me los acerca y se los arrebato. El corte cierra con lentitud, el frío aumenta el dolor. No hablamos más. Me adelanto para no caminar a su lado ni mirarlo.
La luz intermitente nos guía hasta la estructura vertical. Las olas irrumpen al fondo. La única entrada está bloqueada. Pienso por un momento que quizá venir fue un error. ¿Acaso importa otra equivocación? Me resigno ante la necesidad de huir.
De reojo veo una choza al final del sendero. En la fachada, la misma cara del dibujo. Bajo apresurado entre las rocas y los matorrales. El viento me despeina y siento la arena inestable en cada paso. El sudor baja por mi frente, limpiándome la sangre seca. Me paso la lengua por los labios.
Toco un par de veces.
No hay respuesta.
Toco de nuevo.
Al fondo se oyen pasos arrastrados. Una presencia se posa al otro lado. Contengo el aliento y el umbral cruje antes de abrirse. La sombra se solidifica. Una anciana de cuerpo diminuto y ojos achinados asoma. Una mueca brota de su boca sin dientes.
¡Dos visitantes! ¡Qué bendición! –exclama frotándose la cara con las manos arrugadas.
¿Puede ver a ambos? –pregunto y señalo a Marcel, quien también está sorprendido.
Sí, aunque hace mucho que no veía a uno como él. Pasen, pasen.
Entramos temerosos, todavía incrédulos. El lugar huele a ungüentos, humo y tierra. Hay pocos muebles, la mayoría son antiguos o defectuosos. Escombros, basura y chucherías llenan los rincones. La mujer se sienta en una hamaca deshilachada. Hay dos banquitos de madera frente a ella. Marcel es el primero en sentarse. Yo prefiero quedarme de pie.
¿Usted dejó esta nota en mi coche? –le enseño el dibujo.
¡Qué maravilla! –dijo ella con lágrimas en los ojos–. Pensé que nunca vería una nota de nuevo. Pero no, no fui yo.
¿No fue usted? –pregunto desconcertado y ella niega con la cabeza–. ¿Entonces quién fue?
Les contaré si me dan uno –dice y apunta la cajetilla.
Marcel le enciende un cigarro. La mujer exhala. Su vista parece fijarse en un punto al interior de su cabeza.
Las luces se lo llevaron una madrugada –comenzó–. Mi hija dejó esos dibujos para ayudarlo a regresar. Las luces volvieron. La vi elevarse hacia una puerta y extinguirse. No sé cuándo pasó. Creí que ustedes venían por mí.
El cigarro ya no humea. Se acurruca en su hamaca, apretando el dibujo contra su pecho agitado. La sonrisa desaparece. Marcel me toca el brazo.
Me levanto, me despido fríamente y salgo. El ímpetu de las olas ha comenzado a asentarse. El faro está apagado. El sol aparece como una antorcha circular en la línea fulgurante del horizonte.
Bajo la vista y camino hasta la playa. Saqué la polaroid del bolsillo de la camisa: ella y yo nos besamos en una playa atiborrada de gente. Se veía hermosa en su traje de baño rojo. Un punto de belleza que sobrevivió al incendio.
Marcel sale y se detiene a mi lado.
Creo que me quedaré con la anciana –dijo–. Sería un buen cambio de aires. ¿Qué piensas?
Ella se desvelaba solo para ver el amanecer –respondo mirando el horizonte–. Aún queda suficiente vida por delante, ¿verdad?
Espero volver a verte.
Nos saludamos, pese a que él no tiene manos. Jugamos aventándonos arena. Simulo pánico hasta que la risa me derrota. Las sombras de las aves marinas llenan la playa. Me despido desde la lejanía de Marcel y la anciana. Me alejo bajo la claridad del sol con una sola preocupación: ¿el Renault arrancará esta vez?
