José Abelardo Henríquez Miranda

Nacido en Santiago de Chile en 1973, Administrador Público, colaborador de revistas literarias Fragmentos del Sur (México) y Ceniza (España), relato “Aproximaciones” en colección Ciento Ochenta Grados, relato “Funciones para Escaleras” en colección Palabras de Cobre ambas de Editorial Letras Negras; cuatro microrrelatos en colección Textículos, Editorial Tintapujo; mirando el mundo desde un pedazo de playa con sus atardeceres.
Marea
Es una ciudad de distancias cortas, difusa, llena de personas mortificadas, amontonadas en cuartos lóbregos; con insondables páramos de soledad rodeando sus accesos. En sus apretados callejones la luz escapa, deja retazos difuminados con colores que van agonizando, ignorados sarcásticamente por aquellos que se mueven entre sus sórdidas calles sin caminantes. Pierdo el paso entre escalones desafortunados y esquinas en desventaja, caminando obligado por este paraje urbano desquiciado, al que llegué en una absurda búsqueda que ahora no puedo deshacer.

El avance de los días acá me ha atormentado, dejándome errático, convulso y enfermo, mientras desespero por librarme del espectro de un tesoro inalcanzable al que ya he renunciado a encontrar. Ha sido tal la decadencia de mi figura que en este momento soy un punto abatido, varado en una calle anónima, entre dos esquinas apagadas; solo una angustia que aprieta la garganta acompaña entre las nubes cerradas que se ven arriba lejos. Lanzo gritos y quejidos entremedio de una tormenta tan ruidosa que silencia mis reclamos y me revuelvo entre cadenas esperando vanamente que todo sea distinto, que esto no sea más que una pesadilla.
En todos los rincones, un viento desaforado limpia el escenario presente, agarra todas las señales, sonidos y colores y los arrastra hacia las profundidades y se adueña de manera arisca de cada rincón como si deseara el poder absoluto. Una gota de silencio es todo lo que pido para empezar de nuevo y ordenar mis ideas. Encerrado por todos lados por el paisaje y por quien me persigue, mis opciones son pocas. No tengo idea cómo averiguó que estoy en este lugar y, por más que esquivo sus trampas, he llegado a este punto — donde no tengo salida — huyendo de su oscura voluntad; tal vez a la vuelta de esa esquina podré escapar o lo encontraré a boca en jarro.
Para revolver mi desesperación con pura confusión, la lluvia y el viento forman espejos en todas las gotas y parece que me acerco a mí mismo en cada descuido de mi mirada — con intenciones preocupantes —, debo alejar todo esto de mi cabeza o enloqueceré. Esta ciudad está maldita, embrujada, castigada por algo y todos sus malos presagios se pegan a la ropa, a lo que respiro, a mi piel y a mis pensamientos.
Mientras camino, arrastrando mis pisadas, hace rato que todo esto se siente como una alarma, huele a sangre y fatalidad, como una advertencia de que algo pasará. Tengo ganas de hacerme un ovillo y esconderme, llorar por las malas decisiones que me trajeron aquí, desaparecer. Escucho algo cerca y levanto la vista, está oscuro, algo brilla por un instante, algo duele aquí dentro, muero.
Pestañeo unas cuantas veces. Es paradójico lo que veo. Acabo de apuñalar a una versión trastornada de mi persona, dejándolo moribundo en un rincón, desangrándose irremediablemente entre el viento de la tormenta y una esquina áspera. Lo hice porque filosóficamente estoy de acuerdo con seguir vivo y ello implica escapar hacia alguna parte más segura, a expensas incluso de una versión anterior a mí. No me importa otra cosa que mi salvación, dejando a un lado a todo aquel que quiera acomodarse en sus tiempos y no me permita huir. Quiero salir de aquí y este que apuñalé no me lo permitía.
Debo averiguar hacia dónde avanzar mientras mi imagen rebota en espejos que caen como gotas de lluvia, justo antes que revienten en astillas, golpeando el piso como una marcha sin fin. Siento una certeza flotando alrededor mío; en una de las siguientes retorcidas curvas encontraré a mi perseguidor burlándose, criticando mi descompuesta determinación, acosándome y regalándome la misma muerte que he ofrecido al reciente caído o una similar, como si esto fuera una repetición de encuentros que no son exactamente iguales. ¿Habrá cruzado alguna de estas ideas por la cabeza del que yace aquí abajo?, desconozco lo que cruzó la mente de quien apuñalé — ¡pero si era yo mismo! —. Ahora debo preocuparme por mí y no por una sucesión de versiones de la que quizás forme parte.
Tal vez solo sea una mala idea mía, de esas pegajosas que flotan entre los sobresaltos. Quizás yo sea el punto final o solo éramos antagonistas circunstanciales y ahora, que me persigue la soledad y esta opresión que escurre desde los muros de esta ciudad, creo que es algo malévolo.
Acaso estoy enfermo e imagino cosas mientras todos los demás se apiadan de mi locura, encerrado en una prisión que no percibo. Me estoy desesperando por tonterías, ¡todo esto es nada más que agotamiento! — me grito para convencerme —. Doy la vuelta y avanzo hacia el final de esta calle con decisión; en la oscuridad, un destello aflora y todo el presente se clava en mí.
Acabo de apuñalar a alguien que quería escapar, la cabeza está algo brumosa y no tengo muy claro el origen. Siento todavía el dolor de la puñalada mientras miro a todos lados antes que pase cualquier otra cosa; ¿es así o ya estoy extraviado?, ¿soy otra versión más? Es imposible me habría dado cuenta.
¿Cómo puede repetirse este momento? La oscuridad y el ruido no me permiten pensar claramente, quisiera agacharme y convertirme en suelo, estéril, inmóvil, inexpresivo; encontrar un rincón donde pensar mientras otros pasos huyen hacia cualquier lado. ¿Y si en realidad esto ya ha ocurrido antes y sucede en infinitas secuencias? Debiera crear un mensaje, una señal que le permita entender a mi otra versión que somos lo mismo y dejar de destruirnos. ¿Qué estoy diciendo? Me vuelvo loco entre tantas imágenes, mejor me concentro en salir de aquí, debe haber un indicio hacia alguna dirección.
Como no veo nada más que oscuridad entre ráfagas de lluvia — como si no hubiera otro destino —, termino contemplando su cuerpo abatido que sigue desangrándose; su rostro está desdibujado por las sombras, aunque siento que sigue siendo el mío. Al mismo tiempo que toco mis mejillas húmedas y ateridas, creo sentir que alguien se acerca. Giro y mientras percibo entre las gotas como un destello aparece entre la ruinosa oscuridad de esta esquina, un lacerante impacto en mi corazón me dice que he muerto.
He apuñalado a una persona que… Espera, ¿esto es nuevo o ya lo hice antes?, ¿cómo distinguir si esto es un fulgor distinto en una noche eterna o es el único chispazo que me debe lanzar hacia un destino, una salida?
Entre los espacios de oscuridad que el viento y la tormenta revuelven impunes al sufrimiento que causan, hay un cuerpo tirado en esta sórdida esquina que me duele. Se desangra lento y fatalmente, lo siento cerca y lejos a la vez, siento alivio y culpa enredados en mis manos, no puedo ser yo —estoy aquí—, es un engaño provocado por esta ciudad embrujada. Quiero avanzar, salir de este callejón, aunque la sensación de que alguien más está aquí me petrifica.
¿Y si me apuñalo yo mismo?, terminará este universo infame o todo partirá de cero. Miro la hoja de acero que me parece tan familiar y dolorosa, mientras brilla momentáneamente entre tanta oscuridad y entre los reflejos que avanzan a través de las gotas de lluvia que castigan por todas partes — me confunden — pienso con tormentosa ferocidad, mientras algo se clava en mí y eso es un final.
Un palpitante silencio y los ojos entrecerrados. Me acabo de apuñalar y no entiendo por qué sigo aquí y cómo estoy en el suelo de esta oscura esquina a la vez — ¿compartiendo un mismo dolor? —, la sangre escurre sinuosamente por entre los adoquines y gotea entre mis manos que sostienen este puñal. ¿Soy un alma penitente castigada por sus descalabros?, o ¿soy quien puede liberarse? Venir hasta aquí fue un camino condenado, maldecido por las ambiciones sin control de una búsqueda enterrada en el fango del fracaso. Llegar a esta esquina, perseguido por aquel de quien no se puede huir pese a los engaños, ¿tiene un final inevitable? El deseo de seguir viviendo — aunque sea en un entorno miserable — fluye por mis músculos agarrotados pese a todo y volteo buscando iluminación.
Suelto el punzante acero y lo pateo lejos, estoy seguro. Si el objeto que desgarra esta realidad ya no está, debe ser posible cambiarla. Cierro mis ojos repitiéndome, hasta que se vuelve un sonsonete insistente, el mensaje de que es hora de salir.
Por fin miro hacia el camino que se abre adelante con el miedo bailando entre mis cejas. Si avanzo, ¿terminará mi patética existencia? Las gotas de lluvia repiten patrones infernales frente a mis ojos, por todas partes una mirada conocida que mezcla el desprecio y el terror me rodea. No es posible, no puede terminar todo así, sin sentido ni salida.
Un destello familiar concentra mi atención mientras un puñal, filoso, indiferente, letal, avanza junto con mi mano.
¿Qué es este dolor en mi pecho que me hace ver todo medio nublado? Apuñalo a alguien que parece ser yo, no alcanza a emitir palabra alguna mientras me mira despavorido. Pierde la vida tan rápido entre la entrada y la salida de la hoja afilada que cercena sin miramientos, que no logro cobrar conciencia de que debí interrogarlo antes —¿antes de qué? —, este momento no tiene un antes y el después es pura confusión.
Repeticiones similares, imágenes sueltas, retazos de tiempo entre viento y gotas, todo se siente tan nuevo y doloroso y tan reiterado y desolador a la vez. ¿Es cierto que hago esto una y otra vez? Soñé con un momento así, hace mucho tiempo en otra ciudad. ¿Cómo saber si ahora solo estoy durmiendo en ese sueño que se ha desbarrancado en esta borrosa secuencia?
El dolor en mis extremidades, la dificultad para respirar, la angustia que asfixia en la garganta, no parecen ensoñaciones. El letargo de la muerte me sigue abrazando, ya no tiene real sentido pensar en ir hacia alguna salida. Lo único cierto es que acabo de apuñalar a alguien, pero no lo quiero mirar, no quiero saber con cuánto dolor murió, solamente quiero acurrucarme en este rincón y llorar desolado, pues seguirá aquí un par de eternidades igual que yo, porque también es yo.
¿Soy además el que está en la imagen que se acerca? En esta llovizna de espejos no entiendo dónde estoy, no entiendo cómo se mueve el espacio y el tiempo, no entiendo por qué las amenazas se sienten tan reales en el frío que baila en mi espalda si no hay nadie más. Es como si hubiera caído en este rincón varias veces por lo visto — debe existir un sentido para esta multiplicación de una misma escena — pienso, mientras el destello que brilla entre la oscuridad y el viento se presenta y termina todo, enterrando en mi corazón este mensaje.
Uno, dos, tres suspiros. Me acabo de apuñalar y me sonrío frente al espejo que se lleva mi vida a otro espacio; en los ojos del que me mira y sostiene este puñal que entra en mi corazón, junto con este momento que no recuerdo cuándo empezó ni si termina alguna vez, veo mis gestos desesperados y yo mismo cayendo en un abismo.
Con el rabillo de mi ojo izquierdo, mientras me apuñalo, me parece que una de las repetidas imágenes de mi rostro, que flotan entre esta lluvia de espejos se ríe burlesca porque sabe más que yo de la situación; siento su escarnio, pero no alcanzo a mirarlo de frente porque justo cuando me giro, ese espejo estalla en miles de pedacitos al contacto con el suelo pedregoso y mojado y una mano entierra un puñal. ¿Será así la realidad?
Desconfío ahora de todos mis reflejos porque tal vez no lo son o yo sea solo un reflejo que sufre la visión de una realidad arbitraria.
Acabo de apuñalarme porque esos ojos extraviados me dieron miedo, pero eran mis ojos y ahora no sé qué pensar. Grito mirando al cielo con desesperación porque siento que he repetido esta escena incontables veces y no recuerdo por qué sufro este castigo y también muero.
¿Y si ya no estoy vivo de verdad? Abro los ojos impulsivamente, casi al punto que se salen de sus órbitas. El aguacero golpea aquí, allá, las paredes, mis zapatos, mi cabeza. Estoy medio acurrucado en un rincón de esta obstinada esquina, parece que me he desmayado. Tanteo las superficies para incorporarme, siento en mi mano temblorosa el peso de un objeto. Sostengo un puñal por su filo, la hoja ya me ha rebanado la piel varias veces y pequeños hilillos de sangre se confunden con los torrentes de agua que rebosan todo alrededor. ¿Esto fue un sueño, un mensaje o una premonición?
Logro alzar mi rostro, sus lágrimas se confunden con el chispeo incesante desde el cielo. La escasa luz que llega desde arriba se ve interrumpida por una figura que se planta frente a mí. Ya está aquí, ya no se puede huir. De verdad no hay otra salida de este lugar. Una sonrisa tétrica cruza por mi rostro.
Tan desesperado por salir hacia cualquier otra parte y a la vez tan consciente del designio que me maldice y conduce mi mano empuñada en este metal que se clava hacia adelante o hacia atrás, pero siempre donde me encuentre yo mismo de manera inevitable. Al igual que la marea en una playa con vientos, repite olas desplegadas que baten la arena, una y otra vez, sin importar las huellas previas; así parece que es este paraje del que nunca más saldré, en castigo por una búsqueda absurda.
Cerraré mis ojos, en realidad ya no hay otro lugar para mí. Un alma muerta al inicio y al final, un segundo del tiempo abandonado a la vera por un reloj que ya no lo necesita, un fantasma penitente que no puede abandonar el sitio donde el destello de una hoja acerada sepultó todo con una traición.
Traición y condena que despiertan una y otra vez, mientras a esta esquina la baña la lluvia incontrolable y la zarandea el viento de negros remolinos, como si ola tras ola, todo se borrara y volviera a aparecer infinitamente… sin dejarme partir.
