José Abelardo Henríquez Miranda

Nacido en Santiago de Chile en 1973, Administrador Público, colaborador de revistas literarias Fragmentos del Sur (México), Autores y Ceniza (España); editor del libro Voces Detonantes, Antología de 35 relatos que incluye los relatos propios “El Poste”, “Injusticia” y “Cada mañana”; relatos “Aproximaciones”, “Funciones para Escaleras” y “Caída Libre” publicados en antologías de Editorial Letras Negras; cuatro microrrelatos en colección Textículos, Editorial Tintapujo. Mirando el mundo desde un pedazo de playa con sus atardeceres.
Comida
Sentado junto a una mesa circular en una esquina de un salón de comida antiguo, de esos con luces bajas, casi en penumbra; sin compañía, con una silla solamente para su cuerpo, el viejo come su plato en la tarde con que culmina sus idas y venidas de cada jornada. Encima, una botella y dos copas, una para agua y otra para el vino, el juego de cubiertos y una servilleta rojo carmesí al costado derecho, reposando al lado de los dos anillos con los que enseñorea su presencia. Nunca le ha gustado comer acompañado; prefiere disfrutar del silencio. El vino a la mitad de la botella, igual que su paciencia, esa que durante todo el día ha escuchado noticias vagas de traición y promesas de fidelidad por teléfono, revolviéndole los recuerdos con las preocupaciones que se escabullen entre las sombras.
El viejo cree que estos se amarran a la memoria con acciones, objetos o vivencias específicas, como anclas. Forman ese mapa de puntos recorriendo la vida de una persona. Si pudiéramos transformarlos en algo físico, serían un puente que recorre la existencia entre lo bueno y lo malo, cruzando desde el inicio hasta el final.
Sus recuerdos son largos, cruzan temporadas enteras, vidas de otros que importan poco o mucho, aunque una de las cosas que fielmente sostienen su memoria entre el torrente de evocaciones son las imágenes de comida en su cabeza. Ahora que corren rumores de gente que ya no está dispuesta a seguirlo; susurros de traiciones que, durante todo el día, lo han hecho temer la aparición de alguien con quien tendrá que batirse a balazos con la pistola que duerme en el abrigo que cuelga del perchero al costado de la mesa, come porque así se siente seguro y feliz.
―Vine a sentarme aquí porque nadie quiere una balacera de verdad; lo único que encuentro es gente que habla y habla desesperada para que no la culpen, como si fueran un soso plato de fideos―. Retruca para sí y para todo quien lo escuche, mientras medita sobre almuerzos o cenas de antaño.
Su relación con la comida es intensa, tiene subidas y descensos. En su memoria, los recuerdos muchas veces van aparejados con el acto de alimentarse. Algunos casos son memorables no por su precio, preparación, compañía o ingredientes, ni porque sean buenos, intrascendentes o malos, sino porque marcan de distinta manera las decisiones tomadas para sobrevivir en este páramo. Así ha transcurrido su vida, mostrándole los dientes a la hostilidad para ser quien manda.
Como la jornada ha sido buena, dejando a un lado los vociferantes rumores, construye un recuento imaginario. Primero, su paraíso para comida saboreada con felicidad, paladeada de manera que se funde con sonrisas y sensaciones placenteras. Desde el sencillo sándwich de queso que alivió un hambre larga en un paradero; junto con la soledad que molestaba por el flanco, siendo un joven y animoso pistolero de ciudad, hasta el pastel de jaiba que formó parte de ese festín único, que quedó en fotos más intensas en los ojos que en cualquier papel, cuando eliminó al turco Iván granjeándose el control de sus negocios. Un sorbo de agua ayuda a retener estas postales, flotando en el mudo ambiente del local.
El silencio del salón no es pura ausencia; en dos o tres mesas habitan comensales que cuchichean en voz baja, desnudando el miedo por encontrarse allí. Él los mira sin ganas; en este momento son moscas. Un tigre no perderá su tiempo con moscas. Sigue pensando en días de gloria y en banquetes frente a su trémulo público.
Cavila imágenes del purgatorio para la comida insípida; aquella tragada por costumbre. La que forma parte de las esperas tediosas que fabrican carácter, como el calor de aquel verano, mientras tardaban en aparecer los cómplices comprometidos para el atraco al barco. También esas que, para su mala suerte, caen en mesas olvidadas o de encuentros fallidos; nunca llegan a disfrutarse, mueren ahogadas en el pegajoso enfado de los tratos fracasados; como esos en que la ambición de los Jeria solo trajo inútiles tiroteos.
Una gota de aceite cae desde el tenedor de la ensalada al mantel. Pide la sal porque no le gusta que en su mesa convivan manchas. Si bien es supersticioso, no rechaza el salero de la mano del mozo. Su inconsciente no se alarma; después de todo, nada malo ha sucedido en el día y aquí nadie se atreve a molestarlo. Su vista se embelesa con los tonos anaranjados de la tarde que se cuelan por las ventanas, amarrándose en los recuerdos del viejo con las malas colaciones.
Debe haber un infierno en alguna parte para la comida falsa. Aquella de hotel preparada sin ganas, repetida hasta el hastío, con sabor que termina en queja o mal rato. Platos de reuniones vacías que terminaron con alguien muerto porque no servía para los negocios. Aquel que empezó a comer Jordi y nunca finalizó, porque las balas de su pistola lo fulminaron al saber de sus robos.
Razona con sosegada reflexión sobre las traiciones y las engañosas voluntades de algunos. Mañana hablará con los que no le han devuelto las llamadas todavía. ―Hay que dar mensajes para que todos conozcan su sitio ―reflexiona mientras sorbe otro poco de agua y acompaña con otros recuerdos los bocados de ensalada que mastica.
Existe bestialidad y sufrimiento en un plato. Agarrar la comida con las manos en aquellos momentos en que la educación desaparece y hay que atajar rebeldías. Amontonar cucharadas en la boca, atravesadas con los choques de tristeza por quienes no están y que no permiten tragar bocado. Los alimentos terminan volviéndose proyectiles de las frustraciones y rabias o acompañantes de las malas noticias. Se come en silencio, a veces ni siquiera se toca y termina en la basura junto con ilusiones o deseos en muchos casos. Tardes así abundan hacia atrás. La desaparición de Sebastián, la traición de Segovia, la noche en que murió Ámbar. Un suspiro se escapa del viejo.
El poder y la soledad son hermanos de sangre, enlazando las vivencias que ocurren semana tras semana. Algún día cree que se quedará únicamente con la soledad y el poder será de otros. ―Hoy ninguno quiso arrebatármelo―. Mejor así, piensa. Han aprendido su lugar en esta historia.
Con el tenedor pincha un trozo de carne; a la distancia no se distinguen sus temores ni su fatiga, solo el aroma que desprende el cocido a punto en ese lugar que todos conocen y que lo cobija cuando supone que el día ha terminado. Levanta su trofeo para que flamee a la altura de sus ojos mientras exclama para sus adentros.
¡Siempre sabe más el diablo por viejo! Su brindis personal de cierre.
En su mente, una frase despega de a poco: ―Esta vez ha sido un buen banquete, mañana aprenderán a no pensar estupideces―. Esa última palabra cruza mientras su boca recibe el trozo de carne; el poder lo mira con desaliento, porque no ha entendido nada. La soledad, que conoce un poco más el mundo de las personas, se sienta con un poco de distancia mirando la salida.
Como si fuera una película y la escena saltara bruscamente, las campanillas de la puerta de la entrada norte del local tintinean anunciando tres figuras que avanzan hacia su mesa, sacan sus revólveres y vacían su rabia en el pecho del viejo. Es su fin; ocho o nueve agujeros en su cuerpo lo determinan y ni siquiera alcanza a darse cuenta.
La comida queda desparramada; las miradas de los que están en ese momento transitan entre la incredulidad y el pavor. Ahora sí, después del estruendo, el silencio es de verdad y el viejo queda en el suelo, muerto, casi solo, lleno de balas y platos de cenas de otras épocas rodeando su partida. La puerta despide a los tres que huyen hacia la noche. El poder y la soledad observan el cuadro con desgano.
El poder se escurre sigiloso hacia otro destino; el apego nunca ha sido su característica más destacada. La soledad, contemplando imperturbable el cadáver del viejo, solo se mueve un poco para soplar una idea entre las luces.
Tal vez no siempre el diablo sepa más por viejo, o todos los días un viejo deja de ser tan diablo como supone. Quizás haya más viejos o más diablos a la vuelta de la esquina. Sea como sea, a todos les gusta comer, aunque el último de sus días llegue para quedarse.
La soledad se despide del viejo y camina a su paso, hacia las luces de la noche.
