Joan Marín

BIOGRAFÍA
Joan Marín es un escritor colombiano residente en Madrid. Escribe relatos desde los límites: lo extraño, lo íntimo, lo incómodo y lo que se calla. Estudia Relato Breve en la Escuela de Escritores y se forma de la mano de autoras que considera brújulas creativas: Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, entre otras. Su trabajo actual busca desenterrar verdades emocionales a través de atmósferas tensas, personajes al límite y giros que perturban más de lo que explican.
Hay alguien bajo la cama
Cada madrugada, a las tres, la misma voz y la misma frase: «Papi, hay alguien bajo la cama». Gabriel suspira y, agotado, se sienta sobre la suya. Se pasa la mano por el rostro como quien apaga una alarma. Camina hacia la habitación de su pequeña Karina rascándose los ojos y arrastrando los pies. Sobre la cama, ve un bultito de mantas tembloroso.
—Por favor, hija. Papá debe descansar —le dice desde la puerta. Se recuesta en el marco.
—Está ahí, míralo —De las mantas, se asoma una manita iluminada de azul que señala hacia abajo.
—Ahí no hay nada, princesa. Ya duerme, por favor.
—Ni siquiera miraste.
Tiene razón. Pero no quiere alcahuetear más su pataleta. Lo que no puede negar es el frío que empieza a sentir de repente. Su hija, parece leerle la mente:
—Cuando hace frío, es porque llegó —asegura Karina—. Se mete bajo la cama para calentarse un poco. Es lo que me dice.
—Y si ya te ha hablado, ¿por qué no le pides que se vaya? —le pregunta Gabriel con aire sarcástico. Uno que una niña de ocho años no entiende.
—Me dice lo mismo. Que me vaya. —Karina sigue envuelta en sus mantas y llora.
—¡Ay, Karina! —dice Gabriel rascando su cabeza. Luego suelta un suspiro. Se acerca a su cama y se sienta junto a ella.
Recorre la habitación con la mirada. Quiere encontrar ese espacio por donde entra el frío. Por un momento, él también tirita un poco. «De dónde carajos viene», piensa mientras analiza los dos ventanales: llenos de polvo y telarañas pero cerrados. La claraboya por donde entra la luz de la luna, no deja ver las estrellas pero también está cerrada. Piensa en que la casa necesita limpieza pero no define cuándo lo hará. Lo viene aplazando desde hace meses. En la pared frente a la cama, hay un dibujo. No es del todo legible pero ve a su esposa, a su hija y a él entre los garabatos. Sobre una pequeña biblioteca abandonada, junto al dibujo, está la lámpara que usaba Gabriel cuando era niño. Va hasta ella y la enciende. Tiene una melodía monofónica y animales marinos haciendo una ronda infinita por el mar de la pared vieja y con pintura enmohecida.
Del montón de cobijas, se asoma Karina. Tímida y sin dejar de temblar.
—Esto te va a ayudar a dormir mejor, mi princesa.
—Esa canción no me gusta, papi.
—Puedo quitarla y dejar sólo la luz. ¿Qué te parece? —Lo hace al tiempo que lo va diciendo—. ¡A que tienes un padre muy listo!
—Pero la luz, no se lleva el frío. Si sigue haciendo frío, va a seguir ahí, bajo la cama.
—¡Hija, por favor, ya no más! —grita.
Karina llora y Gabriel ahora siente que él es el monstruo. Recuerda a su padre tomándole del cuello a las malas y llevándolo bajo la cama: «¡Ahí no hay nadie, subnormal!». Gabriel nunca supo si había alguien o no, porque cuando su padre hacía eso, él cerraba los ojos. La sensación de nudo en el estómago hace que los vellos de su cuerpo se ericen. La luz de la lámpara refleja su silueta. Sólo la suya. Siente sus amígdalas más grandes de lo normal y la saliva muy delgada. Está de nuevo junto a Karina:
—Perdóname, mi pequeña. No quise hablarte así.
Karina no responde. Sólo llora. Gabriel pone su mano sobre ella. O más bien sobre la masa de telas intentando encontrar su cuerpecito. Ella se mueve. Como si no quisiera que Gabriel la tocara. Entiende el mensaje y se levanta para salir de la habitación. En el pasillo, el piso de madera rechina como si también se quejara de él. Vuelve a arrastrar los pasos y observa los muros con pequeños cuadros más blancos que el resto de la pared. Él no quería quitarlos, pero su familia le dijo que era necesario. Es parte del duelo. Lo venden como si fuera un proceso con inicio y fin. Pasa la mano y recuerda cuál fotografía estaba en cada silueta. La puede ver en su mente. Es una imagen estática que toma vida y de repente, se convierte en recuerdo. Cuando eso sucede, no quiere abrir los ojos.
«Ese fue el día en que condujo el coche por primera vez», piensa. Una pequeña sonrisa se le hace en el rostro y como contraparte, sus párpados empiezan a arder un poco. Puede recordar a su hija alentando a su madre: ¡Si, mami! Muy bien. Eres la mejor conducidora del mundo. Gabriel se aferra a su propio cuerpo como intentando abrazar las figuras o al recuerdo mismo. Al fin, una lágrima cede y rueda por su mejilla.
—¡Papi! —grita desde la habitación, Karina.
—¡Voy, mi pequeña! Ya voy. —Abre los ojos de golpe.
Decide que será un mejor padre que el suyo. Que puede mostrarle con amor que no hay por qué temer. Que su padre la cuidará siempre. Que no hay nada ni nadie que pueda hacerle daño. Entra en el cuarto y, de nuevo, el montoncito de miedo, llora y pide ayuda.
—Mi princesa, perdóname por… —Lo ha contenido demasiado. No puede más: llora.
Karina se quita muy despacio el escudo que la protege. Observa a Gabriel y su manita azulada quiere acariciar el rostro de su padre. Pero no lo hace.
—Voy a mostrarte que no hay por qué temer. ¿Está bien? —dijo de nuevo Gabriel con la voz nasal, limpiando su nariz con la palma y las lágrimas con el brazo.
Karina sigue sin hablar. Solo mira a su padre con una expresión tranquila. Incluso, se ve una pequeña sonrisa en su angelical rostro.
Gabriel se arrodilla. Desde el suelo, el aire le sale como un suspiro.
—¿Ves que no hay nada, mi Karina hermosa? —dice mientras levanta el borde de la manta.
Debajo, la penumbra respira.
Hay alguien. Una niña.
—Papi… —dice la voz— hay alguien encima de la cama.
