Jaime Jiménez Villar

Nacido en Chile en 1979, Jaime Jiménez Villar, conocido artísticamente como Joshua J. Villar, es un realizador documental, productor musical y escritor chileno. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una obra creativa marcada por la observación sensible de la realidad, la experimentación artística y la búsqueda constante de nuevas formas de narrar desde la imagen, el sonido y la palabra.
Como realizador documental, ha participado en diversos proyectos audiovisuales que exploran temáticas sociales, culturales y humanas, aportando una mirada autoral caracterizada por la reflexión, la intimidad y el compromiso narrativo. En el ámbito musical, se desempeña como productor, combinando texturas sonoras, ritmos contemporáneos y elementos experimentales que dialogan con su exploración estética en el cine y la literatura.
Paralelamente, escribe cuentos y poesía como una forma de expresión literaria personal, sin mayores pretensiones que conectar con sus lectores y ofrecerles experiencias emotivas a través de sus textos. Su obra escrita y audiovisual ha sido difundida a través de plataformas digitales, donde también se encuentran disponibles sus publicaciones más importantes.
Actualmente reside en Chile y mantiene una presencia constante en redes sociales, donde comparte procesos creativos, reflexiones y avances de sus proyectos bajo el seudónimo @joshua.j.villar.
Infancia en la Isla
En un antiguo bosque, frondoso y con altos árboles, ubicado a las afueras del centro de Lemuy, similar al de cualquier pueblo de la Isla Grande, una joven niña de no más de 14 años deambula buscando maqui y hongos comestibles para esa cena que su madre prepara, incansablemente, todas las tardes.
Al caer la tarde, en ese preciso momento en que el sol apenas se deja entrever, solo por esos tenues rayos que logran sortear los espacios que quedan entre las copas y hojas de los árboles; y cuando las aves diurnas comienzan a realizar sus danzas en el cielo, como ritual milenario, para entregarle el territorio a los seres nocturnos, María, sintiendo una pequeña brisa helada por sobre sus hombros, y un cosquilleo en su nuca, decide volver al fuego acogedor de su hogar, el cual ya está prendido hace un par de horas, trabajando para hervir y ablandar los distintos tubérculos cosechados por su propia madre, hace 7 días atrás, en su huerta del patio trasero.
La cabaña no está muy lejos, y a medida que María se acerca, escucha, cada vez más inteligibles, los típicos tarareos de su madre — dulces cánticos suaves que emite al preparar la comida, que según María recuerda, ha tarareado desde aquellos años en que ella apenas caminaba- entremezclados con el sonido de los leños quemándose lentamente, y de vez en cuando una pequeña explosión, propia de la combustión que ocurre con el leño de espino, sonido que por cierto, cada vez que suena, María siente en lo profundo de su corazón, el calor hogareño que le infunde Madre.

Al abrir la puerta, en medio de la sala, María ve como la cacerola de hierro descansa sobre los leños prendidos; un poco más a la izquierda, la mesa de roble (uno de los últimos trabajos de carpintería que Papito realizó antes de fatídico final) sostiene manteles, platos y cubiertos, como siempre ha sido cuando Madre ha de esperarla para la cena. Solo que ahora, extrañamente — siente María — su madre no se ve por ningún rincón de la cabaña.
No había terminado de extrañarse, cuando desde el sótano del hogar — lugar en desuso hacía ya varios años, luego de lo de su padre-, escucha a su madre llamarla.
María, por más que intentaba, no podía recordar cuando el sótano había sido clausurado por Madre. Creció sintiéndolo como un espacio sombrío, prohibido, frío y lúgubre, por lo que cuando escuchó a Madre llamarla desde ahí abajo, todo el calor que había sentido por el fuego y el cobijo del hogar, se esfumó. Nuevamente sintió una pequeña brisa helada en los hombros y un cosquilleo en su nuca.
Escuchó por segunda vez a su madre llamarla:
— María, ¿eres tú? por favor baja a dame una mano, querida.
María tomó un candelabro con tres viejas velas a medio quemar, y las prendió rápidamente en el fuego bajo el caldero. Con una voz temblorosa y apenas con fuerza respondió:
• Voy, Madre.
María abrió la pequeña puerta postrada en el piso bajo la alfombra tejida por Madre en lana de oveja, la cual ahora estaba arrugada y desprolija, dejando entrever la pequeña manilla forjada en hierro fundido, entrada casi secreta al sótano. Al abrir, el olor a moho inundó de inmediato la sala de estar, inundando también los recuerdos de María y las veces en que su padre le instaba a que bajaran escondidos al sótano a jugar, ese juego que siempre incomodó a María sobretodo cuando le tocaba dejar que Papi le maniatara las muñecas, pero al que siempre cedió para intentar ganarse su corazón; juego en el cuál siempre terminaba tirada y cansada en ese sucio suelo, impregnándose de este mismo olor en sus escasas y roñosas ropas.
Al abrir, la madera crujiente olvidada por el tiempo, se acomodó con el aire y el calor del hogar, emitiendo un ruido tan ensordecedor, que hasta el gato que descansaba cercano al calor del fuego despertase y corriera erizado y maullando a esconderse en algún otro rincón de la casa.
A medida que baja las escaleras, ya consumidas en el tiempo por las termitas y algo de telarañas, la luz del candelabro no la deja ver más allá del tenue resplandor que le dan esas tres gastadas velas. Madre, susurrando muy levemente, siguió llamando a María, quien sentía estos gemidos lejanos, al fondo del cuartucho, donde ahora las ratas, que habían hecho de este espacio su hogar, se escabullían intentando ocultarse de la luz, chillando de susto, intentando en modo de supervivencia, proteger a sus crías nuevas. Las arañas, otras alimañas de la noche, habitantes del sótano, también se resguardaban en los rincones de las vigas de madera, donde ya llevaban realizando sus nidos por generaciones.
Cuando María llegó al piso del subterráneo, sintió un frío terrible. Más terrible y fuerte que el frío que sintió aquella vez en que, luego de una nevada de sesenta centímetros, en su casa apenas podían mantener el fuego prendido, ya que ellas no habían atinado a recoger leños grandes, cómo era la facultad y oficio de Papi, cuando todavía era el hombre de la casa. Una sensación tan escalofriante cómo cuando te das cuenta que la vida ha estado jugando contigo, y supiera el secreto de tu gélida alma, tal cómo María sentía tenerla, evidenciándose ahora, cuál evento sarcástico, como la gran nevada justo al día siguiente de la muerte de su padre. Ese frío que las acompañó varios años posteriores; en el corazón por supuesto, pero también en el cuerpo, ese que cala hasta los huesos del cráneo. Era él quien siempre traía los mejores y más grandes leños y quien hacía una de los mejores fogones de la Isla, según él mismo se jactaba, por lo que una vez que ya no estuvo más, tanto madre e hija tuvieron que aprender con el tiempo a reemplazar a su esposo y padre en esas labores masculinas. María con su corta edad, luego de ese primer invierno, juró al cielo que nunca dependería de otro hombre.
— Acércate, no pasa nada — dijo la madre, desde una oscura y maloliente esquina del sótano — mira lo que encontré -.
Sin embargo, nada de lo que había visto en su corta vida, ni en sus peores pesadillas, era tan horroroso cómo lo que apareció frente a sus ojos.
Con cadenas engrilladas al piso, donde alguna vez María estuvo atada en sus precoces juegos, estaba ahora atado Papi, demacrado por los años, vestido con algo parecido a esos trapos sucios que se ocupan para la limpieza de pisos. El olor, que ahora se sentía intensamente, de desechos humanos acumulados de hace ya bastantes años, nubló el entendimiento de María, quien no asimilaba todavía lo que estaba frente a su ser.
— Hija, perdóname, por favor, de una vez por todas — sollozó Papi de pronto con una voz de ultratumba, intentando hacer contacto visual con los ojos de María, los que buscaban sin consuelo a Madre, o algún otro elemento en la sala que le permitiera desconectarse de ese ser que le hablaba.
Solo una lágrima soltó María, desde el surco interior de su ojo izquierdo, cayendo por la mejilla, cuál fuese una imagen cinematográfica en cámara lenta, sus recuerdos empiezan a salir a la luz, luego de padecer años escondidos en lo oscuro de su inconsciente:
Su madre siempre estuvo ausente. Cada vez que pudo, prefirió mirar hacia otro lado cuando Papi la llevaba a jugar al sótano, y a medida que transcurrían los años y los juegos se iban complejizando cada vez más, Madre dejó paulatinamente de levantarse de su cama; la mayoría del tiempo catatónica, a veces llorando, otras veces con la mirada fija en la nada.
A su memoria se le apareció también ese gran día que, habiendo ensuciado por primera vez las sábanas con sangre de mujer, esa misma tarde, tocó el juego con Papi, pero esta vez, algo fue distinto para ella. Sintió como las entrañas ardían de rabia y dolor. Al terminar el juego, no pudo contener el llanto, mirando cómo a lo lejos, su padre mientras subía las escaleras, se limpiaba la entrepierna, con un fuerte bramido por el asco que le daba la sangre en su flácido miembro. Entonces, con lo poco de fuerza que le quedaba, apelando a ese fuego interno que por más herido que uno esté, siempre tiende a mantener una pequeña llama para casos de emergencia, cómo lo era este, y quitándose las lágrimas de su cara, arreglándose las faldas y ordenandose un poco el pelo, en un acto de sobrevivencia, viendo a su madre una vez más postrada y catatónica, tomó una almohada, y con una mezcla de rabia y amor, le quitó la poca vida que parecía quedarle, sin saber que al mismo tiempo estaba quitándose a ella misma la poca lucidez que la mantenía a flote.
Al caer la gota al piso, con un estruendoso silencio, María volvió en sí. Papi permanecía ahí, mirándola como cachorro hambriento, repitiendo como un mantra las frases para el eterno perdón.
María al fin hizo conexión con la mirada de su padre, se limpió el rastro que había dejado esa única lágrima por su mejilla, apagó las velas, y de pronto, nuevamente escuchó, cada vez más inteligibles, los típicos tarareos de su madre — dulces cánticos suaves que emite al preparar la comida, entremezclados con el sonido de los leños quemándose lentamente, y de vez en cuando una pequeña explosión, propia de la combustión que ocurre con el leño de espino, sonido que por cierto, cada vez que suena, María siente en su corazón el calor del hogar y de mamá.
