Iván Gonzalo Rodríguez

BIOGRAFÍA
Iván Gonzalo Rodríguez —Madrid, 1991— es poeta, crítico, prologuista y antólogo. Su obra ha aparecido en diversas antologías y revistas literarias, y ha colaborado con publicaciones como Licencia poética, Oculta Lit, Ariadna R-C y Philobiblion. Ha escrito sobre poética contemporánea, tradición e influencia literaria, y ha prologado libros de Pilar García Orgaz y Deina Fortes. En 2021 preparó Luz Violenta. Antología poética 1998-2021, de Jesús Urceloy, publicada por Reino de Cordelia. Actualmente estudia Filosofía en la UNED y cursa un máster en Strategic Business Analytics.
Los libros tristes
Cuando mi mujer dice que otra vez
estoy leyendo un libro sobre muertos,
está de pie
en la puerta del baño, con el pelo
mojado de la ducha, una gota bajándole
por el cuello hasta el hueco entre las clavículas
donde cabría
una cucharadita de agua.
Si supiera que leo
esas muertes de otros como se leen
las instrucciones de un extintor:
despacio, con miedo, rogando
no necesitarlas nunca.
Y levanto la vista del capítulo
donde el protagonista aprende a hacer
la trenza que le hacía su mujer a la nieta,
y la miro.
El vaho todavía en sus hombros,
los pies descalzos sobre la madera,
y no puedo decirle que estoy
estudiando, que llevo
años en esta escuela,
aprendiendo del viudo sus oficios
como un aprendiz mira las manos del maestro,
que sé que hay que seguir comprando
sus mandarinas,
que hay que hablarle al arroz
mientras se hace;
que hago todo esto
porque una vez, de niño,
vi a mi abuelo, después de la abuela,
sentado en la cocina.
Cincuenta años comiendo en esos platos
sin saber dónde estaban, pensé.
Por eso leo, amor.
Iba a decirte
que estaba tranquilo, pero ahora que te miro
mientras te secas el pelo canturreando
algo de Antonio Flores,
entiendo de golpe
que mi abuelo sabía dónde estaban,
y que aquel hombre quieto en la cocina
estaba solo
negándose a vivir en una casa
donde ella ya no fuera
quien los guardaba.
Ahora es de día.
Estás viva y descalza en la puerta,
y sé que eres el libro
que leo tan despacio, tan despacio,
para no llegar nunca
a esa última página, donde el autor,
según he leído, nos deja solos.
Ariadna me ayuda con un poema de amor
Tu hija pregunta por qué la quisiste y tú tardas en contestar porque estás pelando una mandarina y las mandarinas exigen las dos manos y toda la paciencia. Es importante que estés pelando una mandarina. El amor, piensas, siempre te encontró haciendo otra cosa.
Piensas: podría decirle que ella fue la primera persona que pronunció tu nombre como si no pesara. Que hasta entonces era algo que cargabas, y en su boca se volvió algo que te devolvían.
Podrías decirle que antes de ella tu vida era una casa con los muebles cubiertos de sábanas. Que no estabas triste, exactamente; estabas en custodia. Y que ella entró sin encender las luces, sin destapar nada, y aun así supiste que la casa había vuelto a tener dueño. Solo dejó su taza en el fregadero, sin lavar, y esa taza sucia fue la primera prueba de que alguien pensaba quedarse.
Dices: Me gustaba cómo repartía. Lo que fuera: cerezas, culpas, la última croqueta. La niña se ríe. Tenía un pulso de farmacéutica para que a nadie le tocara de menos, y un truco que tardé años en descubrir: su parte siempre era la rota, la pequeña, la del borde quemado. Creía que le gustaban así.
Dices: me gustaba cómo se guardaba las cosas en los bolsillos. Ariadna espera más. Sabe cuándo la frase está incompleta.
Lo que no dices: que una vez, muy al principio, te quedaste dormido en el tren y despertaste con su hombro debajo de tu cabeza, quieto, entumecido, y entendiste que llevaba media hora sin moverse para no despertarte. Que el amor, para ti, sigue teniendo la forma de ese hombro.
Dices, por fin: la quise porque decía mal la palabra «luciérnaga» —«luciérgana»— y los dos sabíais que lo hacía a propósito desde aquella tarde en que tú te reíste más de la cuenta. Lleva desde entonces equivocándose en esa palabra para que no se te acabe la risa.
Le das a la niña la mandarina, gajo a gajo, y notas que se los come con la misma atención con que ella te escucha desde hace años.
Ella entra entonces, pregunta de qué hablan. De ti, dice la niña, que aún no sabe guardar secretos. Y ves que a ella se le ablanda algo en la cara, ese gesto que no sale en ninguna foto porque solo ocurre cuando nadie está mirando del todo. Llevas media vida llegando un segundo tarde a ese gesto.
