Christian Mingorance Gijón

BIOGRAFÍA
Christian Mingorance Gijón (1998) de Granada (España). Poeta y politólogo con una voz contemporánea que explora la memoria y lo cotidiano. Su obra combina lirismo urbano, reflexión ética y social, transformando lo ordinario en una experiencia poética. Ha participado en la antología Voces del Extremo: Poesía y Paraíso (2025) y en el octavo número de la Revista de poesía para jóvenes adultos Águila del Cáucaso.
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Cuántas despedidas pedidas al marchar.
Cuántos besos desfigurados en caras largas
por un pésame que llega tarde.
Cuánta amnesia en casa, entendiéndola como hogar
donde se olvidan las llaves, el mando y los besos al entrar.
Cuántas “hermana yo si te creo” mirando al cielo.
Cuántos consejos no pedidos por consejeros
que necesitan el consejo.
Cuántos desprecios que se aprecian al despreciar
el aprecio.
Cuántos pelos de perros que se dejan acariciar
Cuántos pelos de perros que muerden por no acariciar.
Cuántas sonrisas en Navidad con la familia reunida
aunque el felpudo otro año más se olvida
de sus nombres al dar la bienvenida.
Cuántas excusas como dagas clavadas en la mirada
de la decepción.
Cuántos granos de arena caídos en una habitación
que descansa echándote de menos.
Cuántas miradas en un minuto de silencio
siendo cómplices de un ruido blanco.
Cuántas letras lanzadas al aire
que no completaron la palabra.
Cuántas, cuántas, cuántas,
cuántas clases de estudiantes jugando al ahorcado.
Tétanos
Escucho como los pulmones de la ciudad tosen polvo
y sus brazos esgrimen con espadas oxidadas
penetrando la piel putrefacta.
También como chirrían las bisagras de las puertas
del autobús que se detiene en marquesinas
en busca de las cenizas de cuerpos encogidos.
He leído sobre el amor
en los versos de poetas que vomitan en esquinas y
que orinan en botellas y las lanzan al mar.
He visto sal yodada en las heridas,
Curriculum Mortis archivados en oficinas
y el mercurio en axilas y en las luces
que interrogan.
La pared preñada de recuerdos
que un día dará a luz
todas las reuniones en el salón,
los besos en la cama,
las reflexiones en la ducha
y el olor a margaritas
que entra por la ventana.
La pared no es solo pintura,
cemento y ladrillo.
La pared es el niño
que crece diez centímetros,
los agujeros del póster
del grupo de pop favorito,
el diploma colgado
con un gancho adhesivo,
el cambio de color
del que, con la edad,
nos cansamos.
La pared es un libro.
El hogar, una familia.
Notas para la nevera
Comprar carne
y sentir cómo el cuchillo afilado del mercado
pinta con sangre el silencio.
Se llama conversión, no sacrificio,
pero el cerdo, la vaca y el pollo nunca quisieron ser
pechuga, solomillo y muslitos.
Comprar verduras
y sentir la acidez que provoca la lluvia
donde el campo dejó de ser naturaleza
y las zanahorias, tomates y lechugas
se conservan en una morgue.
Comprar plásticos
para envolver nuestra vergüenza
por llenar nuestras bolsas
de vidas que dejaron de serlo
para seguir la nuestra.
Comprar pan
y besarlo antes de comer,
vaya a ser que al regar las plantas,
sea la última gota que cae del grifo.
Vergüenza
por no poder mirarle a los ojos
al susurrar una disculpa.
Vergüenza,
te siento mientras escucho
el ritmo metálico de su calderilla
al mover el vaso.
Te siento cuando lleno la cesta,
cuando abro la nevera,
cuando el agua me quema
y pierdo dos minutos más cantando.
Te siento cuando me quejo
del frío de las paredes viejas,
o de cuando subo las escaleras
y no el ascensor.
Te siento cuando estreno un libro,
cuando tomo un café de especialidad,
cuando preparo un viaje
y no decido si en tren o en avión.
Vergüenza, siento vergüenza,
por no poder devolver el saludo
a la única persona que me lo dio.
